Empezaron a sospechar sobre su existencia. Ocurrió hace un segundo.

A las nubes les temblaron las piernas. Entre la espesura, apareció un tropel de riachuelos desnudos, deambulando por la ladera de la montaña como lágrimas fingidas y estafadas por la frescura de la menta en boca. Permaneció llorada la sonrisa en los periódicos durante años.

Un beso lo cambió todo. Resbaló por el cuello de una botella hasta encontrar la única estrella que suplicaba amor por el rechazo de un sueño perdido entre las plumas de un pájaro desorientado en la órbita de una luna con vértigo que, a su vez, disfrutaba del locuaz bostezo de una noche líquida como el zumo de amanecer.